Atravesar la puerta del convento significaba para el fraile mucho más que entrar en un edificio. Era cruzar un umbral entre dos formas de vida: dejar atrás el mundo para comenzar una existencia dedicada de manera especial a Dios, a la oración, a la vida fraterna y al servicio de los demás.
Al entrar en la vida religiosa, el fraile abrazaba los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. La pobreza lo invitaba a vivir con sencillez y libertad frente a los bienes materiales; la castidad, a entregar su corazón enteramente a Dios; y la obediencia, a buscar la voluntad divina en el seno de la comunidad. No se trataba simplemente de abandonar cosas, sino de adquirir una nueva libertad para seguir a Cristo.
Esta puerta puede invitarnos también a pensar en nuestra propia vocación. Toda persona está llamada a descubrir cuál es el camino al que Dios la invita y de qué manera puede entregar su vida al servicio de los demás. La vocación puede vivirse en el sacerdocio, en la vida consagrada, en el matrimonio o en la vida laical: lo importante es aprender a escuchar, discernir y responder con libertad y generosidad a la llamada de Dios.