Apenas se atraviesa la puerta del convento, el primero que recibe al visitante es Santo Domingo de Guzmán. Su presencia en este lugar no es casual. Quien cruzaba este umbral para abrazar la vida religiosa entraba en una casa de la Orden de Predicadores y comenzaba a recorrer el camino espiritual iniciado por Santo Domingo: una vida dedicada a la oración, al estudio, a la vida fraterna y a la predicación del Evangelio.
La figura de Santo Domingo recordaba constantemente a los frailes su propia vocación. Entrar al convento significaba incorporarse a una familia religiosa que había recibido de la Iglesia la misión de predicar la verdad y anunciar a Jesucristo. Por eso, encontrar la imagen del fundador inmediatamente después de atravesar la puerta era también encontrarse con el ideal de vida que cada fraile había decidido abrazar.
Una antigua tradición hagiográfica relaciona a Santo Domingo con San Francisco de Asís. En los relatos medievales se presenta al Papa contemplando cómo la Iglesia, amenazada con caer, era sostenida providencialmente por estos grandes fundadores y por las órdenes que nacieron de su testimonio. Con el paso del tiempo, esta tradición ayudó a presentar a franciscanos y dominicos como dos grandes columnas al servicio de la renovación de la Iglesia.
Así, Santo Domingo recibe simbólicamente a quien entra en este convento y le recuerda la misión confiada a sus hijos: contemplar a Dios, buscar la verdad y comunicar a los demás aquello que ha sido contemplado. Desde esta puerta comenzaba para cada fraile una vida entregada a Dios y al anuncio del Evangelio.