En el corazón del claustro se abre este patio, un espacio de luz y silencio alrededor del cual se organizaba buena parte de la vida del convento. Después de recorrer los corredores cubiertos, el fraile encontraba aquí un lugar abierto al cielo, donde la arquitectura parecía poner en diálogo la vida cotidiana con la contemplación.
En el centro destaca la cruz dominicana trazada en el piso, un signo que recuerda la identidad de la Orden de Predicadores. Su presencia hace que incluso el espacio mismo hable de la comunidad que habitó este convento y de la misión que dio sentido a su vida: contemplar, estudiar y anunciar el Evangelio.
Desde este patio volvemos ahora a los corredores del claustro bajo, donde los muros conservan otro de sus grandes testimonios: los frescos de los Apóstoles y los santos dominicos.