Al continuar nuestro recorrido por el claustro bajo, descubrimos que sus muros no fueron concebidos únicamente como elementos arquitectónicos. También se convirtieron en un verdadero espacio de enseñanza, memoria y contemplación.
Entre los frescos encontramos representaciones de los Apóstoles, aquellos primeros discípulos enviados por Cristo para anunciar el Evangelio. Su presencia en el claustro recordaba constantemente a los frailes que ellos también habían sido llamados a continuar esa misma misión.
Junto a ellos aparecen también figuras vinculadas a la Orden de Predicadores. De esta manera, los antiguos frailes caminaban diariamente entre las imágenes de quienes habían anunciado la fe desde los primeros tiempos de la Iglesia y de aquellos que, dentro de la tradición dominicana, habían dedicado su vida a la predicación.
El claustro se convertía así en algo más que un lugar de paso. Sus muros acompañaban la oración, el estudio y la vida cotidiana, recordando que la misión del fraile era recibir la fe, vivirla y transmitirla.
Dejamos ahora los corredores del claustro para dirigirnos a la Sala de Profundis, espacio de silencio y oración antes de pasar al refectorio.