Este espacio recuerda que la enfermedad no separaba al fraile de la vida espiritual de su comunidad. Aunque su condición física le impidiera acudir a los lugares habituales de oración, desde la tribuna podía permanecer cercano a la celebración litúrgica y sentirse acompañado por sus hermanos.
La tribuna expresa así una dimensión profundamente humana y cristiana de la vida conventual: el enfermo continuaba formando parte de la comunidad. Su fragilidad no lo excluía; por el contrario, era acompañado y sostenido por la oración común. Desde este lugar, el sufrimiento podía vivirse también como oración, unido a Cristo y a la vida espiritual de todo el convento.