Antes o después de compartir los alimentos, los frailes podían lavarse las manos utilizando el agua que se recogía de la lluvia y se conducía hasta este espacio. Era un gesto sencillo, integrado en el orden cotidiano de la vida conventual.
En la misma escena se conserva también el ambón desde donde uno de los religiosos realizaba lecturas mientras la comunidad comía. De este modo, el refectorio no era solamente un lugar para alimentar el cuerpo, sino también para alimentar el espíritu.
Durante la comida podían escucharse textos de la Sagrada Escritura, de la Regla de la Orden o de otras obras de formación espiritual. Mientras uno leía, los demás frailes permanecían en silencio, de manera que incluso el momento de la comida quedaba unido a la oración, la disciplina y la vida comunitaria.
Después de este espacio, el recorrido continúa hacia las escaleras, que conducen al claustro alto.
El lavabo durante los trabajos de restauración posteriores al sismo de 2017.